Los móviles que son todo pantalla ya (casi) están aquí

El Xiaomi Mi Mix, uno de los teléfonos sin bordes de los que más se ha hablado a finales de 2016.

En el pasado, ya vimos teléfonos con pantallas sin casi bordes a su alrededor, pero eran meros conceptos que no iban a llegar al mercado.

En 2017, sin embargo, parece que por fin llegarán varios móviles que intentarán poner esta tendencia de moda.

 

El mercado de los teléfonos inteligentesestá en un momento delicado. Cuando hasta el iPhone, el rey de reyes, tiene problemas para seguir vendiendo más, es lógico que el resto de empresas empiecen a tener miedo y crean que sus ventas van a descender porque el mercado no admite más dispositivos.

Para poder vender más, de momento han urdido un plan: ofrecer algo diferente en sus teléfonos, pero sin renunciar a calidad ni a los estándares de calidad fotográfica o de batería a los que ya estamos todos acostumbrados. Como los teléfonos que se doblan todavía son un plan a medio plazo para Samsung o Apple, todo apunta a que antes veremos teléfonos que son todo pantalla.

En otras palabras, los márgenes en los que ahora hay botones, altavoz y una cámara frontal se estrecharán todo lo posible para dejar hueco a más pantalla. Es un movimiento lógico: el consumidor quiere pantallas más grandes, pero no teléfonos más aparatosos, y los bordes es lo único en lo que se puede recortar sin afectar a otras prestaciones.

El mejor ejemplo de esta clase de dispositivo es el Xiaomi Mi Mix. La empresa china dio al mundo un móvil que solo tenía borde inferior y que tenía un aspecto fabuloso, como si hubiera salido de un catálogo de productos del futuro.

 

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Pegados al móvil: así es la vida de tu hijo adolescente

Guillem Sartorio

Vive enganchada a su móvil, quiere estudiar teatro en Broadway y la apodan ‘la agitadora’ por su alergia a las injusticias en el colegio.

Es Olivia, una chica de la ‘generación Z’, la primera que ha crecido conectada permanentemente a internet. Así son los nuevos adolescentes.

Olivia saca un papel del bolsillo trasero de su short, lo despliega y lee en voz alta: «Uno. Si tu rendimiento escolar disminuye o se estanca, el móvil te será requisado hasta que yo decida». Tiene 13 años y hace cola en una tienda de telefonía junto a su madre, Bárbara, que es quien ha escrito el contrato y quien en pocos minutos pasará por caja. «Siete. La noche es para dormir y el día es para hacer muchas cosas más que jugar con el teléfono… Mamá, yo no juego, pero bueno».

Olivia está a punto de unirse a un iPhone 6s de color «oro rosa». Hace rato que camina de puntillas por el local, ansiosa y solemne como una novia que ha pronunciado sus votos con la esperanza de que su vida vaya a mejor. Sólo que Olivia ya sabe lo que le espera: un objeto inteligente, pulido y veloz, que multiplicará su existencia. Seguro.

Durante los últimos tres meses, esta adolescente de Barcelona ha vivido con un móvil que no detectaba su dedo. No ha podido utilizar sus aplicaciones, se ha visto obligada a llamar a sus amigas con el teléfono fijo e incluso ha tenido que entretenerse con la cuenta de Facebook de su abuela, y eso sin entender «para qué sirve Facebook». Olivia se ha aburrido y se ha sentido aislada. Puede que haya sufrido algún tipo de alienación.

Sería lógico. La llamada Generación Z no sólo ha crecido habituada a las pantallas, sino conectada permanentemente a internet. Nacidos entre 1994 y 2010, fueron los primeros bebés en aparecer en las redes sociales de sus padres y aprendieron a interactuar con otros en el plano físico y en el virtual de forma casi simultánea. Hay estudios que afirman que los niños Zaprenden a manejar tabletas antes que hablar. Para ellos, los datos son parte de su alimento y la realidad online es realidad a secas.

Olivia se estira los shorts «para no parecer una choni» y sale a la calle metiendo prisa. Quiere llegar cuanto antes a la librería de su madre y ponerse a configurar su nuevo móvil, que no es exactamente nuevo, sino un kilómetro cero mucho más asequible: «Lo más importante que me bajaré es WhatsApp, Instagram y Snapchat». Nada más entrar por la puerta, exige la clave del wifi como si fuera la caja registradora: «¡Ahora, rápido!». Bárbara le sigue la corriente y se agacha tras el mostrador.

Rodeada de libros, Olivia activa el móvil sin rituales: apenas lo examina porque ya sabe cómo es. Se trata del tercer iPhone que pasa por sus manos, pero el primer móvil que no hereda. «¡Tengo 4G! La puta ama».

Según un estudio de The Center for Generational Kinetics, los miembros de la generación Zconsideran que a los 13 años todo el mundo debería tener un móvil. Olivia empezó a los 10 y asegura que la lectura «ya no le llama tanto» como cuando era pequeña.

Su madre, filóloga, lo interpreta como algo propio de su edad: «Es más fácil ver las opiniones de un youtuber que leer un libro, pero para que lea cierta literatura juvenil horrenda, casi prefiero que no lea». Bárbara no cree que su hija esté enganchada al móvil: «Cuando tenemos que hablar lo deja a un lado sin que eso le produzca ningún síndrome de abstinencia».

«¡Me reclaman un selfi!». El momento ha llegado. Los amigos de Olivia le están dando la bienvenida en masa por Whatsapp después de tres meses de desconexión. Los ha visto esta misma mañana en el colegio, pero ahora le hablan desde otro lugar, un patio donde nunca hay padres ni profes. Por su cara iluminada por la luz LED, resulta evidente que Olivia está notando un abrazo en forma de cascada de emoticonos.

Los “niños Z” aprender a utilizar tabletas antes que a hablar. La realidad “online” es realidad a secas

Reportaje fotográfico por Guillem Sartorio

«Toda mi clase tiene móvil. Ahora mismo no podría vivir sin él. Primero por seguridad, y luego porque si no tienes redes sociales no eres del círculo y te sientes muy apartado». Bárbara la observa y piensa en voz alta: «Hay días en que le digo que apague el móvil de una vez. ¿Será verdad que esto está bien? Éste es su medio natural, sólo intento no juzgar a mi hija».

Muchos adultos piensan que Olivia y sus amigos son sólo críos enganchados a sus smartphones, trágicamente aislados de la realidad. Sin embargo para los expertos en comportamiento humano suponen el mayor misterio al que se han enfrentado en años. La tecnología que ha conseguido meter el mundo en el bolsillo de unos shorts supondrá un punto de inflexión en nuestra sociedad, pero de lo que viene después, ni idea. Los estudios no sólo contradicen muchos de los prejuicios que generan estos «jóvenes de hoy en día», sino que dibujan a la generación más inclasificable.

Más que jóvenes contradictorios, los Z escapan a nuestras herramientas de comprensión. Por algo son la última generación del abecedario.

A sus 13 años, Olivia genera efectos ópticos tan discordantes como los filtros de Instagram. Por ejemplo, si deja la mochila en el suelo del tranvía, parece 10 años mayor. Es de las más altas de su clase y su mirada ligeramente fatigada le otorga madurez, como si ya estuviera un poco aburrida del mundo o del colegio, de donde acaba de salir. El efecto dura hasta que empieza a hacerse fotos abriendo las fosas nasales en medio del vagón. «Mis amigas me preguntaban por qué no hacía snaps, y yo ¡aaarghh! ¡No tengo Snapchat! Ahora, ¿ves qué moni? ¡Soy un conejito!».

Una imagina que llevar un móvil nuevo a clase es un acontecimiento social equiparable a lo que no hace tanto suponía estrenar unas zapatillas de marca. Pues no. «Cuando me han visto con el móvil nuevo me han dicho: ‘¡Qué mimada!’». Lo dice con una leve sonrisa de satisfacción que al instante se transforma en enfado: «Es mi primer móvil nuevo y a mí no me dejan usarlo todo el día. Voy a una escuela donde hay mucho pijo». Al bajar del tranvía en dirección a casa, Olivia inicia un sorprendente descenso hacia la «puta vida», como ella la llama.

«Una vez una niña de mi clase dijo -pone voz de pija-: ‘Tía, estoy súper deprimida porque la agenda que me gustaba se ha agotado’. Y yo: ‘Bueno, no es para tanto’. Y ella: ‘Para mí es el fin del mundo’. Yo me harté y le dije: ‘¿Te gustaría no tener casa? Porque yo no tengo’. La tía se quedó en estado de shock».

La vida familiar de Olivia también responde a una compleja configuración personalizada. Sus padres se separaron cuando era un bebé y ahora cambia de casa cada semana; también cambia de ambiente y de hermana pequeña. Además, hace año y medio, su madre tuvo que dejar su casa: «Mi madre lloró mucho cuando cortó con su última pareja. Yo me quedé en shock cuando me dijo que no podíamos pagar el alquiler y que tendríamos que venir a vivir con los abuelos. También lloré, pero le dije: ‘Te ayudaré en todo, ¿vale, mami?’».

Uno de los mayores errores a la hora de juzgar a esta generación es el de creer que nada les importa y que no saben en qué mundo viven, cuando en realidad son más realistas que sus predecesores, los millennials (nacidos de principios de los 80 a mediados de los 90). La explicación que dan quienes les han estudiado es sencilla: altos índices de paro, cambio climático, migraciones masivas, terrorismo internacional… Olivia no se ha topado con la crisis, sino que ha crecido con ellas, en plural. Además actúa ante lo que cree injusto, por eso la llaman «la agitadora» en el colegio. «Si alguien se burla de quien no tiene dinero, le digo que si estuviera en su piel estaría destrozado. Me encanta cuando dicen que he metido un zasca».

Olivia fue víctima de “ciberbullying”: “Mis amigos me vieron llorando y le contestaron”

Los abuelos no están en casa, así que se descalza y prepara melocotones en almíbar y un vaso de Cola-Cao como merienda. Olivia se sienta a la mesa del comedor y antes de dar el primer bocado, utiliza el móvil como espejo. Se ve ojeras. Anoche a las tres de la madrugada subió un selfi en el que se tapaba la cara junto emoticono del grito de Munch: «Can’t sleep!» (¡No puedo dormir!).

«Estaba bajándome aplicaciones a saco», ríe. Uno de sus descubrimientos ha sido la app Chicisimo: «La gente sube looks y puedes buscar prendas de colores por tags (etiquetas). Si una mañana no sé cómo combinar, me ayuda a inspirarme». A Olivia le encanta la moda -hoy luce un pañuelo rojo atado al cuello que ha sido idea suya- y la Red es su principal herramienta. «Me gusta mucho mirar ropa en internet. Me guardo los links para cuando me regalan vales en Navidad o por mi cumpleaños».

Precisamente, quienes más dinero están invirtiendo en comprender a los post-millennials son las grandes marcas y multinacionales. Conseguir un retrato preciso se ha convertido en un desafío a contrarreloj, pues representan una cuarta parte de la población mundial y hay quien dice que para 2020 supondrán el 40% de los consumidores. Los más influyentes de la historia, para ser concretos: los niños Z tienen un peso inédito en las decisiones de compra de sus familias. Prefieren comprar por internet y eso los vuelve más exigentes.

Paradójicamente, Olivia suele salir con sus amigas por los centros comerciales de la avenida Diagonal. Cuando puede consumir es cuando se siente más adulta, pero para ella las tiendas terminan siendo ludotecas. Normalmente juntan todas las monedas para merendar en el Burger King y pasan la tarde probándose ropa, haciéndose selfis, probando las máquinas de fitness del Decathlon. Juegan hasta que les echan y si pueden, se compran algo barato.

Después de subir una foto de la merienda a instasnap (como llama a la aplicación Instagram Stories), Olivia cuenta que «en su vida lo tiene todo planeado». Quiere estudiar teatro musical en Broadway, que es «a-lu-ci-nan-te». Su objetivo es vivir de la actuación y «lo máximo», ganar un Oscar. No es ninguna fantasía: «Les pedí a mis padres que me apuntaran a inglés americano. Me lo tomo bastante en serio».

Al preguntarle por sus referentes, responde: «Barbra Streisand y Liza Minelli son divas. También Beyoncé y Lady Gaga. Aunque mi ídolo es Florence Nightingale, la descubrí haciendo un trabajo para el colegio. Me pareció increíble porque fue la primera mujer que pudo estudiar y ser médico. Las mujeres me han marcado bastante por la revolución feminista. Me gustan porque querían ser científicas y aviadoras, hicieron ¡pa!. Y se levantaron».

Con respuestas así, es fácil comprender por qué algunos sociólogos se rascan el cráneo ante una niña que no deja el móvil ni un segundo. Otro asunto es la presión de los cánones estéticos en una generación que se comunica con tantas imágenes (gifs, emojis, vídeos) como palabras.

Saben distinguir si un contenido merece la pena en ocho segundos. Serán el 40% de los consumidores en 2020

Guillem Sartorio

«Argh, odio tanto a esta niña», dice mientras muestra una foto de Instagram. «Las niñas delgadas de mi clase se miran al espejo y dicen: ‘Ay, qué gorda estoy’. ¡Si eres una rata anoréxica! Yo soy un poco más gordita que ellas y pienso: entonces soy obesa. Eso es lo que más odio: la falsedad y el victimismo. Lo hacen para que les digan piropos».

Los únicos momentos en que Olivia deja el móvil a un lado es en el colegio y en clase de canto: «Lo guardo en la mochila o en la taquilla para que no me lo roben, pero hay niños que lo llevan en el bolsillo porque les hace sentir más seguros. Tío, tranquilízate. Yo sin móvil podría vivir perfectamente una semana».

Olivia merienda en la mesa del comedor, pero hace los deberes en el suelo del dormitorio que comparte con su hermana y su madre. Se sienta entre el colchón y un mueble con las piernas cruzadas al estilo indio. Enciende el portátil. Entonces recibe una videollamada de Facetime: «Es Geri, mi mejor amigo. Siempre hemos sido los raritos», aclara. «De pequeños nos decían que éramos novios, pero nos la sudaba».

Cada día Geri y Olivia se reparten la mitad de los deberes porque tienen «un nivel de inteligencia similar». Trabajan por videollamada. «Eh Olivia, cotis, cotis». Desde la estantería, Geri confiesa que le cae mal una chica de clase: «Qué fuerte, ¡si no es nada borde!». Al minuto, Olivia le explica el enunciado de un ejercicio y él responde con una canción viral infalible: I play Pokemon go, every day…». Ella estalla de risa y se deja caer encima la cama. Los deberes empiezan a fusionarse con el juego, sólo que en vez de lanzarse bolas de papel chupado, reproducen canciones ridículas, actúan fingiendo caídas o se mandan cosas graciosas por WhatsApp. Ambos lo «aprueban todo».

Olivia y Geri no se abandonan en ningún momento. Cuando ella se dirige hacia la cocina en busca de una cinta métrica, se lo lleva consigo: de forma instintiva, estira el brazo como si fuera un palo de selfi y enfoca el móvil desde abajo hacia su rostro. Desaparecer, no contestar, sería tan desconsiderado como hacérselo a alguien que está en la habitación.

De pronto la madre de Geri entra en su cuarto y le mete una bronca. Olivia lo oye todo, se tapa la boca y le hace señas para que no conteste mal. «¡Tu madre tiene razón!», le chincha después. Enfurruñado, Geri sale a la calle a comprar un cartabón, aún en videollamada: «¡Mierda! ¡He olvidado cazar Pokemons!». Este par de amigos utiliza el móvil como una versión evolucionada de dos yogures unidos por un hilo: la tecnología les permite estar juntos a distancia, o ni siquiera a distancia, porque el smartphone va pegado al cuerpo.

Terminar los deberes con éxito significa poder tumbarse totalmente en la cama. Olivia se lleva el móvil al esternón. Es en este momento cuando el aparato y su mente se fusionan en un solo interfaz y la precisión de sus dedos se vuelve arácnida.

Durante más de una hora, Olivia sincroniza la visualización de vídeos (está suscrita a más de 200 canales de YouTube), utiliza la cámara para mirarse la papada, se pone una corona de flores con Snapchat, mira fotos del youtuber Jonan Wiergo -que es «guapísimo»-, y juega a contestar las preguntas de Response: «Jugarías a la ruleta rusa? Sí». Todo mientras la conversación con Geri continúa, por lo que a veces los sonidos se entrecruzan. «Geri, que te calles, ¡que quiero escuchar esto!». Hoy Dulceida, la vlogger favorita de Olivia, habla de la delgadez: «Peses lo que peses, eres bonita».

De la Generación Z se dice que no tienen capacidad de concentración, pero no es exactamente así: al crecer bajo un bombardeo de información constante, son capaces de discernir si un contenido merece la pena en ocho segundos. Es simple supervivencia. También pueden distribuir su atención en dos canales más que los millennials (móvil, televisión, portátil, ordenador de mesa y tableta).

Lo que para muchos resultaría agotador, para Olivia es mejor que aburrirse.

He aquí un cambio de hábitos de consecuencias impredecibles: los niños Zsiempre tienen la mente ocupada con algún estímulo. Ni dan patadas a piedras ni se entretienen trenzando pulseras de colores. Nunca se quedan mirando las musarañas.

«Las populares de mi clase cambian la foto y la frase de su perfil cada día». Olivia tiene 328 seguidores en Instagram y su frase es «Vintage Girl». Aunque no se considera una «viciada de los likes», cuida mucho sus fotos. Publica pocas y no son selfis al uso, sino que utiliza el autodisparador y posa. También cumple la norma que le imponen sus padres: nunca hablar con nadie que no conozca personalmente. «Tengo una media de 50 likes por foto, pero no espero que me contraten en Vogue». Lo que hace durante el día -«Mexican food!», «¿Qué le pasa hoy a mi pelo?»- Olivia lo cuenta en instasnaps y snaps, unos 10 al día en total.

Más que narcisista, Olivia controla su imagen en las redes. Para ella, vestir bien, ser auténtica y postearlo son formas de comunicar su identidad a distintos públicos. Existir en internet implica un trabajo constante, pero le gusta: «Con lo que más me entretengo es con YouTube y editando mis fotos». En su opinión, la gente que no tiene internet se está perdiendo cosas: «Hay muchos medios de expresión, no sólo redes sociales. Puedes hacer un contenido guay y que a la gente le mole». Esta es otro de los rasgos definitorios de su generación: más que compartir contenidos, prefieren crearlos. «¿Qué hacen los niños que no encuentran una información en la biblioteca? Me parece muy raro, yo lo busco todo en Wikipedia».

¿Quién puede decirle a esta niña que lo que vive con su móvil no es real y que el mundo está ahí fuera?

Guillem Sartorio

Olivia se levanta de la cama y decide comprobar si Cora, que vive a tres puertas de distancia, está en casa. Su amiga aparece con una sudadera enorme y unos shorts. Está triste porque su padre ha sorteado su iPhone viejo y le ha tocado a su hermano. «¡Tú te lo merecías más!», dice Olivia.

Otras tres niñas se unen al grupo. Roser reparte caramelos Smint y empiezan a trotar por el edificio, arrancando el papel de aluminio de los bocadillos y atizando enormes bocados.

-Últimamente no sé si me vibra el móvil o la barriga, porque me vibra cuando tengo hambre- dice Olivia.

-Ponte el volumen- sugiere Cora.

-Me da palo, porque me petan el WhatsApp. El ding, ding es súper estresante.

Hablan de chicos, de exámenes y de cosas graciosas. Para lo primero, se enseñan los mensajes que un niño ha escrito en un grupo de WhatsApp. Para lo tercero, juntan las cabezas como sea (tumbadas, subidas a maceteros) y miran vídeos en la plataforma Musical.ly. «¿Por qué se lo curra tanto la gente?», se queja Olivia.

La mayoría de las conversaciones del grupo de amigas giran en torno a experiencias que han vivido en la pantalla o que pueden mostrar gracias a ella. Da la impresión de que ellas son extensiones del móvil y no a la inversa, y que limitando su acceso online se quedarían sin poder salir a la calle con las demás. El móvil no es un entretenimiento pasajero, no interrumpe la vida, sino que está completamente fusionado con ella.

Olivia tiene que marcharse a buscar a su hermana pequeña, pero antes Cora le dice que tiene un regalo para ella: «Este fin de semana quedaré con mi novio, me ha dicho que lleve a una amiga y le he dicho que tú, pero sé normal, porfa». «¡Sísísísí! ¡Ojalá sea guapo y yo también me enamore! Dile que no traiga un cardo, que él es un poco cardo. Nooo, ¡es broma!».

Ya en la calle se oyen unos gritos lejanos. Las niñas saludan, diminutas, desde la azotea. Olivia agita la mano y confiesa que nunca ha tenido novio porque no es popular y porque la llaman borde: «Nunca me ha molestado estar sola. Si mis amigas deciden no ser mis amigas, no voy a deprimirme».

Cuando queda patente que Olivia es una chica con un temperamento y orgullo excepcionales, confiesa el que fue uno de los capítulos más dolorosos de su vida. «Todos se burlaban de mí porque no tenía Instagram y me creé una cuenta sin permiso de mis padres. Me acabaron pillando porque un chico me hizo ciberbullying». Fue un chico un año mayor que ella. Primero, le puso un comentario diciéndole que era tonta. Olivia lo borró y subió una foto de cuando era pequeña. «Uy, qué malota, pringada», insistió él. En una tercera imagen, le dijo que de mayor sería una drogada gorda y amargada. «Yo estaba en la escuela. Había días que no miraba Instagram para que mis padres no sospecharan. Mis compañeros me lo enseñaron y me puse a llorar».

La humillación pública le dolió como un empujón en el patio, pero sus amigos la defendieron. «Me vieron llorando y le contestaron, fueron muy buenos conmigo». Aunque su padre se enfadó mucho, Olivia pudo crearse otra cuenta de Instagram: nadie debería dejar de salir al patio sólo porque haya un abusón.

¿Quién puede decirle a esta niña de 13 años que lo que vive con su móvil no es real y que el mundo verdadero está ahí fuera? ¿Un comentario negativo en una foto no es nada comparado con el escarnio público?

Olivia vuelve a casa con su hermana de ocho años. A partir de esta semana, su madre llegará tarde a casa porque ha abierto otra tienda de libros que «tiene que funcionar como sea», de modo que ella será la encargada de hacer la cena. Los abuelos están en su cuarto y como no se encuentran bien, no se les molesta.

Olivia se enfunda el pijama, se recoge el pelo y pone agua a hervir. Preparará espaguetis con atún y tomate. Geri la llama por Facetime y ella lo coloca junto a la sal. «Mi madre confía en mí, me deja de encargada. En cambio mi padre es más sobreprotector. Lo quiero muchísimo, pero a veces le diría: ¡Déjame ser libre!». Mañana Olivia tiene que ir a dormir a casa de su padre y no le apetece demasiado porque allí no tiene a sus amigas y porque «son muy estrictos».

Las dos hermanas cenan solas y en silencio. Olivia, cansada, se embelesa con el móvil y le da la espalda a la pequeña, que se queda adormilada en la silla, fuera de juego. Justo cuando Olivia le propone hacer un snaps y resucita, Bárbara entra por la puerta y la reciben con besos y espaguetis.

Pocas horas después, llueve a cántaros y está oscuro. Bárbara conduce hacia el colegio pero en seguida entra en un atasco. Aunque sean «un equipo», como dijo Olivia, sus rostros reflejan el esfuerzo que supone madrugar y hacer lo que hay que hacer. Olivia ocupa el asiento de copiloto. Hace un instasnap de las gotas de lluvia cayendo por el cristal, seguramente pensando que hoy le espera un día distinto fuera de la pantalla, que hoy dormirá en otro lugar. Nada más subir el vídeo, se queda dormida. Al menos, en su vida móvil, el móvil es algo fijo.

Pequefy, una app para vender la ropa que se le quede pequeña a tus hijos

 

 

 

Los creadores de Chicfy han lanzado una app de compraventa de ropa pensada para niños y niñas de entre 0 y 14 años

Uno de los dramas de la paternidad, quizá el que más rabia da, es comprar ropa. Da igual su precio o lo bonita que sea, que siempre se queda pequeña a toda velocidad. De ahí que la compraventa de ropa infantil sea algo cada vez más común y que haya invadido apps como Wallapop

En este panorama, una app llamada Pequefy se ha hecho un hueco importante. Está pensada para comprar y vender ropa de niños de entre 0 y 14 años y se puede descargar tanto para iOS como para Android.

Una de sus particularidades es que el pago lo gestiona internamente la empresa responsable, por lo que el vendedor solo lo recibe una vez confirma el envío mediante Correos y da un número de seguimiento.

Sus creadores son los responsables de Chicfy, otra app con ese mismo objetivo, pero centrado en la moda para mujeres y que ha conseguido bastante éxito en muy poco tiempo por su mezcla de escaparate digital y red social. Aseguran, a su vez, que hay unas 300 transacciones al día y que hay más de 145.000 prendas disponibles.

Apps como Wallapop o Chicfy han crecido enormemente en el ecosistema de los smartphones. Áreas como la tecnología de consumo o la moda tienen muchísimo peso entre las personas que venden en ellas, si bien esta clase de app siempre están bajo el punto de mira por culpa de las estafas y ventas fraudulentas que se llevan a cabo en ellas.

La app que te maquilla antes de una videoconferencia

 

De momento, solo está pensada para videoconferencias, pero la tecnología se podría lanzar por separado

Una firma de cosmética japonesa ha creado una aplicación para el servicio de videoconferencia Skype Business que maquilla al interlocutor en pantalla para dar una buena imagen incluso si no se usa maquillaje o se recibe una llamada de trabajo imprevista.

La app TeleBeauty, desarrollada por la firma nipona Shiseido en colaboración con Microsoft Japón, está diseñado para la rama de negocios del servicio de telefonía a través de internet y no está previsto que se cree una variante para la versión gratuita ni que llegue al extranjero, indicó hoy a efe un portavoz de la cosmética.

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¿Los niños de 10 años necesitan móvil?

Siete de cada diez niños aragoneses entre 10 y 15 años tienen móvil. En el paso al instituto son la inmensa mayoría.

 

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La mitad de los niños españoles de 11 años ya tiene móvil, según los últimos datos publicados por el INE de la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares. El uso infantil del móvil y las nuevas tecnologías crece cada año, y plantea debates. ¿A qué edad necesitan móvil los niños? ¿Su uso a edades tempranas implica más riesgos o una mejor adaptación a la sociedad? ¿Qué control deben hacer los padres?

En Aragón, siete de cada diez niños en la franja entre 10 y 15 años tiene móvil, según esta encuesta. El porcentaje de niños que disponen de móvil ha crecido trece puntos en una década. En 2006, el 55% de los chavales de esta edad tenía móvil; ahora son el 68,8%. Las diferencias entre chicos y chicas se han reducido, pero ellas siguen teniendo teléfono antes (69,8% frente a 67,8%).

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